Make your own free website on Tripod.com
   
 
 
La Transferencia desde el Psicoanálisis
Si bien la transferencia es un fenómeno central al interior de la teoría psicoanalítica, que posibilita una direccionalidad en la cura, éste no es exclusivo de ella. Podría pensarse que el origen del concepto se deriva del lenguaje común, donde transferir significa pasar de un lugar a otro.

Freud, para explicar el fenómeno de la transferencia, hace referencia a la relación analítica, donde el analizante transfiere en la figura del médico o analista, fenómenos psicológicos vividos en el pasado, generalmente relacionados con imagos parentales de la infancia.

La definió como: El vínculo particular que se da entre dos personas, que rebasando en mucho la medida de la relación corriente, varían desde la tierna entrega hasta la mas terca hostilidad, tomando prestadas todas sus propiedades de actitudes eróticas anteriores, devenidas inconscientes.

La corriente positiva (tierna) y la negativa (hostil), constituyen las dos vertientes, que se tienen hacia las figuras parentales, donde se juega la ambivalencia del amor y del odio; y que luego serán proyectadas hacia la figura del analista o del docente, en el caso de los procesos de aprendizaje.

Sin embargo, esta clasificación de la transferencia, va mas allá de esta ambigüedad de sentimientos hacia otra persona. La relación vincular no se supedita solamente a la repetición de alguna situación afectiva sobre otra persona a la que se le supone un saber; la posibilidad de una nueva disposición subjetiva en el análisis, o en el campo de la docencia, se da a partir de un vínculo que trascienda la repetición y funde nuevos horizontes de trabajo e investigación, es decir, que se establezca una relación de transferencia al deseo del Otro; al apasionamiento que el docente transmita.

Conviene precisar que la transferencia tiene con frecuencia una manifestación consciente, que logra advertir el analizante o el estudiante; pero es fundamentalmente inconsciente. El sujeto no logra precisar racionalmente el tipo de vínculo que establece con el analista o con el docente, solo le supone un saber, que puede completar su propia falta. Cree en el saber del Otro al que sitúa en el lugar del Ideal del Yo, y sobre el cual crea una expectativa.

El analista que en lo sucesivo se entenderá como el docente, sostiene una posición, a partir de la cual girará el acto analítico, que deberá entenderse en este contexto como acto educativo. Esa posición se sostiene desde el ser mismo del docente y no solo desde el conocimiento, dando cuenta de su deseo; de su apasionamiento, Mas el docente también transmite lo que es su fe, su pertenencia, su conocimiento y lo que es su relación con la institución.

Un docente que solo está vinculado con una cátedra universitaria, transmite su conocimiento, pero no siempre logra transmitir la riqueza de vínculo amplio con la Universidad. Un docente con una buena y gratificante vinculación, transmite la alegría de su vinculación.

En cuanto a la institución, esta llega a los estudiantes a través de una forma de presencia; de la estabilidad o movilidad de sus directrices y sobre todo, a través del trato, convicción y satisfacción que logre en sus docentes. Esto significa que la transferencia se da entre docentes y estudiantes, pero también entre la institución y los docentes y la institución y los estudiantes.

La relación transferencial entre el maestro y el alumno, puede evidenciarse a través de: "El otro nos frustra o nos satisface, nos provoca amor o incita nuestro odio, nos reconoce y autoriza como docentes o nos elimina con su rechazo o con su indiferencia. Se somete o se rebela, acata o transgrede, devora o enriquece. Véase el caso de la frustración de los estudiantes frente al docentre que no retroalimenta o no llena las expectativas de conocimiento esperado. El docente sufre la acción del otro, pero acomete con lo suyo: seduce o aburre con su saber, alimenta o hambrea con sus conocimientos, dosifica o empacha, pacta y se somete desde su masoquismo o domina sádicamente a su víctima. En fin, ama y odia con todo el poder de su función"

El valor y función de la transferencia, llevó a Freud a expresar que, mediante ella se trata de convertir al analizante en un colaborador, "llevándole a observarse a sí mismo con el interés objetivo del investigador"; es decir, transmitiéndole algo del deseo de saber.

S. Freud, fue quien primero conceptualizó la transferencia como el vínculo que caracteriza la relación analítica; posteriormente, J. Lacan, a través de la instauración de la fase, Estadio del Espejo, o registro de lo imaginario (los tres registros son: real, simbólico e imaginario) hizo un importante aporte a lo que es formación yoica y la estructuración del sujeto a partir de la relación que se establece entre la identificación y transferencia, que desarrollaremos enseguida

Posteriormente otros autores desarrollaron el tema de la transferencia en un contexto grupal, la cual se presenta en varios niveles:

1. Transferencia Central: dirigida al coordinador o terapeuta.

2. Transferencia central: promovida por los miembros del grupo entre sí y que se da por la identificación de unos con otros, en tanto, todos son seres en falta, y buscan completarse, primero con el coordinador y luego, cuando este no responde a dicha demanda, intentan hacerlo con los otros. Por ello se habla de una identificación a un rasgo unario, rasgo que todos comparten, y que a la vez, los particulariza.

3. Transferencia Grupal: generada por el grupo mismo, pues en éste, es donde confluyen múltiples imágenes, evocadas de figuras parentales y familiares. Es la puesta en acto de la fantasmática edípica.

Se aclara que si bien existe un cuarto nivel transferencial, dado con el medio externo, no será abordado en el presente capítulo, en tanto excede el interés que se circunscribe entre el estudiante, docente y la institución.

En lo individual como en lo grupal, las identificaciones juegan un papel fundamental, en tanto dinamizan el concepto de la transferencia. De ahí, la pertinencia de abordar el tema desde el concepto de identificación.

La Identificación en la Transferencia
En la Planche y Pontalis se encuentra la identificación como un “proceso psicológico mediante el cual un sujeto asimila un aspecto, una propiedad, un atributo de otro y se transforma, total o parcialmente, sobre el modelo de éste”.

La identificación es un proceso inconsciente de captura de cierta estructura, a ésta le siguen una serie de identificaciones en las que el sujeto siempre irá en pos. Esto de alguna manera hace posible una estructuración del yo, implicando así que es un proceso básico en la constitución del sujeto.

Al ser tomada la identificación como una intención inconsciente de un sujeto de atribuirse un rasgo que es de Otro, torna presente un objeto que esta ausente.

En la identificación se desea ser como…, lo que permite deducir que hay un ideal al cual se busca parecerse. Según Freud, en el texto, Psicoanálisis de las masas y análisis del Yo, en el capítulo sobre la identificación, nos dice que es el primer vínculo afectivo con un objeto y es anterior a su elección.
La identificación constituye entonces un aspecto imaginario del Ideal del Yo.

Para Lacan, la primera forma de identificación es imaginaria y está dada por la existencia de Otro. Este otro lo transmite el lenguaje, por tanto, si el lenguaje está ahí y preexiste al sujeto, entonces, también se antepone a cualquier tipo de relación.

La identificación, entonces, se daría en la relación que existe entre el sujeto y el significado; es una relación al significante que representa al Otro, su falta.
Al no ser sujetos completos, sino sujetos en falta, nos relacionamos con la falta del otro, con algo del otro, por ejemplo, con algún rasgo con el cual se pueda identificar inicialmente un sujeto en su proceso de estructuración. Es una relación mediada por el lenguaje.

En la estructuración del sujeto se plantea como inicial la una relación estrecha entre madre e hijo. Es una relación de dependencia donde el niño no hace una diferenciación de la madre como objeto externo, sino como objeto integrado a sí mismo. En este punto Lacan hace referencia al proceso del Estadio del Espejo, momento en el cual el bebé logra una configuración Yoica. En este proceso hay un momento en el que la imagen que hay allí se cristaliza. Lacan diferencia tres tiempos:

En el primero, el niño al mirarse en el espejo confunde su imagen con la realidad. Cuando está frente a esa imagen, no reconocida como suya, trata de aprehenderla, sujetarla como otro niño diferente a él. No hay un reconocimiento de sí, por que es un objeto del goce para la madre, es propiedad de ésta.

En un segundo momento el niño adquiere la noción de imagen, ya no se trata de aprehender a ese otro del espejo, en tanto objeto real. Es un momento de comprensión en el cual la imagen del espejo es eso, imagen. Esto le permite un reconocimiento de que la madre es otro diferente.

Finalmente en un tercer momento el niño va a descubrir que esa imagen reflejada allí es su propia imagen. Es el descubrimiento como integración, es una totalidad semejante a esa imagen que tiene de su madre.

El reconocimiento que hace de su propia imagen le lleva a jugar con ella en el espejo, a mirarla y ser mirado, a aparecerla y desaparecerla. Es en este juego donde se da una intuición de que hay una identidad entre su movimiento y el que hace la imagen; corrobora de esta manera que este Otro es él mismo y percibe su cuerpo como completo, ese cuerpo fragmentado aparece bajo otra forma, es su imagen integrada. Esto genera una expresión de júbilo, le maravilla al verse completo, es así como se ve en el espejo y se identifica, voltea y busca en la mirada de otro que está ahí, una confirmación de…, busca una cristalización de su imagen integrada.

Esa confirmación le lleva a buscar un punto de anclaje a ese adulto, a ese Otro. Busca un rasgo y es este rasgo el punto de partida del Ideal del yo, rasgo unario que confirma el yo ideal. Algunos psicoanalistas llaman identificación primaria, identificación al rasgo del gran Otro que le da el rasgo simbólico. No es a un sujeto en particular, es a esa primera imagen, imagen parental.

El yo ideal es la identificación con la imagen de la madre o el padre omnipotente. Aquí se habla indistintamente de ambos padres por que en esa primera relación no hay aún diferencia de sexos, ésta se da en el proceso del atravesamiento del Edipo.

Finalmente es un yo ideal construido a partir del rasgo unario. Ese gran Otro con la mirada le envía una significación o no. El rasgo de ese gran Otro, es imaginario, pero da comienzo a lo simbólico por que es precisamente un punto de partida que pasa a ser significante.

Es esta fase del espejo puede verse con claridad como lo simbólico, entendida como la red del lenguaje, configura lo imaginario, al darle una significación a la mirada del otro o del rasgo unario.

En este proceso puede darse ya un esbozo del yo, como instancia, pues este tiene su origen en la relación del sujeto con una imagen espectacular. El yo se construye a medida que se integra el esquema corporal.

La primera parte de la historia del sujeto se caracteriza por esa identificación lograda en el estadio del espejo, la cual esta aludiendo a la relación especular con la madre, donde el niño se reconoce en la mirada materna, en el reconocimiento de su imagen en el espejo, logrando conformar una imagen total de su cuerpo. Esta primera identificación es la base y la fuente de futuras identificaciones. Identificación que se presentifica en el campo del aprendizaje donde por efecto de la transferencia, el docente ocupará lugares que remiten al estudiante a su propia historia.

Pero además la identificación está en la base de la constitución del sujeto, la masa y el grupo.

En un primer momento hay una identificación imaginaria del niño hacia la madre, es un momento en que ambos se completan; esta completad es obturada por la presencia del padre quien interviene como portador de la ley.

Esta ley promueve la falta en el sujeto; con esta intervención del padre se da lugar a una segunda identificación que reemplaza la primera, la cual se da con la figura materna. Esto permite el acceso al registro de lo simbólico. El sujeto en la relación establecida con los otros buscará a través de la identificaciones simbólicas que tendrán un carácter de sustitutos, la completad originaria. De ahí que toda reunión de orden social sea propiciada por la necesidad de llenar esa falta, de taponar el hueco de tal incompletud; para ello solo queda el recurso de la identificación y esto opera en la masa y en el grupo, aunque de manera distinta, pues si bien en la masa el líder es quien completa a los miembros de esta en su posición de ideal del Yo, en el grupo son estos otros integrantes del mismo quienes suplirán tal necesidad.

Inicios de la Transferencia en Freud
La transferencia es una forma de relación que se da en el ámbito de la situación analítica atribuyéndole un rasgo esencial a esta. En todo tratamiento analítico se establece sin intervención aparente del terapeuta una intensa relación afectiva del analizado hacia el analista, imposible de ser explicada por una circunstancia real e imposible de ser eludida conscientemente por alguno de los participantes de la relación.

En su artículo de 1905 “Sobre la Psicoterapia” habla indistintamente sobre el método catártico y sobre el método psicoanalítico; posteriormente hace la diferencia al hablar de la transición del método psicoanalítico.

Freud utilizó el método catártico la sugestión y el hipnotismo, abandonándolas y acogiéndose a la asociación libre, siendo este el definitivo el paso al método analítico donde la palabra del paciente pasa a ocupar un primer plano. El camino de la asociación libre y el método analítico le fue mostrado por sus mismos pacientes que trataban de imponer su palabra y relatar su deseo.

En el caso Dora, Freud descubrió una modificación en los síntomas a partir del vínculo establecido entre la paciente y la persona del médico, a la cual le dió el nombre de transferencia. Es en el tratamiento de Dora que dicho concepto adquiere una materialización. El deseo del paciente se movilizaba aferrándose a un objeto particular como lo era la persona del analista; pero no era a la persona en sí del terapeuta, sino a ese lugar que había empezado a ocupar en la psique del paciente, originando la neurosis de transferencia.

Esto da origen a la idea de que la transferencia es ante todo un fenómeno ilusorio, un fenómeno imaginario. Y esto no es equivocado, salvo que este tipo de ilusión la encontramos a cada momento en la existencia. .

La transferencia definida como un hecho afectivamente positivo o negativo hallado dentro del proceso terapéutico, es una posición adoptada por el analizante con respecto al analista. Freud resalta este fenómeno como factor imprescindible para el abordaje de síntomas en el proceso de cura por la aplicación del método analítico y plantea de nuevo la transferencia como la emergencia de sentimientos tiernos y hostiles que no corresponden a un vínculo real con la persona del médico, los cuales emergían como consecuencia de deseos fantaseados por los pacientes. También resaltó el particular vínculo que hay entre resistencia y transferencia.

Freud relaciona el concepto de transferencia con el de repetición, al considerar que no hay amor que no tenga su prototipo en la infancia. La cualidad de amor de cada sujeto se manifiesta en la repetición constante de estereotipos a través de la vida del sujeto, determinando así condiciones, de la capacidad de amar. Freud introduce el término de imago, el cual es definido por Laplanche y Pontalis como un “prototipo inconsciente de personajes que orienta electivamente la forma en que el sujeto aprehende a los demás, se elabora a partir de fantasmáticas con el ambiente familiar. El analista al ser incluido en una serie de estereotipos puede ser identificado a imagos parentales y familiares.

Existen una serie de tendencias que determinan la vida erótica del sujeto, una parte de ellas, realizan una evolución psíquica completa y están dispuestas en la conciencia; hay otra parte que se detiene en su desarrollo y se despliega por tanto en la fantasía o en el inconsciente, es en éstas donde no hay satisfacción de la realidad y por ello dichas representaciones libidinales se orientan hacia toda persona, destacándose como la libido parcialmente insatisfecha del sujeto se orienta al analista, incluyéndolo en una parte psíquica.

La transferencia se presenta en forma positiva y negativa, ambas se diferencian entre sí por la relación tierna y sincera que ayuda a superar dificultades del trabajo terapéutico, es decir, transferencia positiva o, por dificultades que se dan y llegan a convertirse en la más grande de las resistencias durante el mismo proceso, dándose así una transferencia negativa.

Se presenta así, la transferencia positiva como motor, resorte impulsor del trabajo y la transferencia negativa como hostilidad o principal instrumento de resistencia en la transferencia. Se trata de sostener la transferencia positiva, o de restituirla. Si prevalece la resistencia, se termina con el quiebre del mismo análisis o el desinterés por los procesos de aprendizaje.

He aquí una descripción del discurso de un sujeto en el proceso analítico: El sujeto comienza hablando desde la periferia de su discurso, en dirección al núcleo de su síntoma, hablando con fluidez y locuacidad, de modo ligero, sin ningún problema; cuenta lo que cree saber de su historia; pero, al acercarse al núcleo comienza a encontrarse con capas de resistencia cada vez mayores. Ya no encuentra nada que decir; le es difícil hablar de esas cosas; y, poco a poco, la resistencia aumenta; es cada vez más densa. El sujeto se vuelve más lacónico; se le van acabando las palabras; se acerca a un indecible, lo cual, en esta lógica, es buen signo por cuanto se comienza a sitiar el núcleo patógeno. ¿Qué es en núcleo patógeno?: la pequeña escena narrada con una resistencia cada vez mayor en la medida en que se la aproxima: y que comporta el carácter traumático por excelencia, según la teoría de la época, hasta que "por fin, suelta el bocado". Freud enunciaba que "la fuerza de resistencia es inversamente proporcional a la distancia en que se encuentra el núcleo patológico.

¿Y que es la resistencia? es aquello que está en el límite, de lo que el discurso permite efectuar a la palabra.

La resistencia, finalmente, cobra otra dimensión inherente al límite del discurso, el límite de lo simbólico; pero, no sólo como límite, sino todo el tiempo presente, torpedeando lo simbólico; la resistencia, está permanentemente agujereando lo simbólico. Lacan, cuando designaba lo traumático troumatique, lo designaba como trou-matique, para señalar que había allí un agujero, un hueco, trou, en la cadena significante. Mientras que, lo imaginario entrega la clave de la relación de la resistencia del discurso con la transferencia.

Desde esta perspectiva la transferencia sobre la persona del analista, explica por qué la transferencia aparece en un primer momento como resistencia, ya que se trata de una resistencia real a la asociación, es decir una resistencia inherente al discurso y proveniente de lo real del núcleo patógeno.

En el caso del ambiente virtual de aprendizaje, del la FUCN, sucede el mismo fenómeno. Hay una resistencia inherente a lo nuevo (el método, la pedagogía, el uso de las herramientas virtuales) y proveniente de la formación presencial y que igualmente puede ser vencida desde una transferencia positiva, que era lo que se pretendía desde el área de teleología, en el año 2003, en la FUCN.

Es posible decir que la transferencia adopta diferentes formas, a veces como sometimiento absoluto, otras con un tono erótico, siendo estas formas atribuibles a la neurosis. Freud sostiene que la aparición de la transferencia se da bajo el vínculo amor/odio. De acuerdo a esto es posible explicar la transferencia en su dimensión imaginaria en tanto que ¿Qué presentifica más lo imaginario en el ser humano, que el amor?

El amor de transferencia se presenta como cualquier amor, puede considerarse como un “amor normal” e incluso sus manifestaciones son similares, produciéndose actos de celos y reclamos al docente. Siendo así como se manifiesta en el dispositivo analítico donde este amor tiene un carácter compulsivo, posibilitando este elemento la consistencia del trabajo terapéutico, desde el principio hasta el final del tratamiento.

Según Freud este amor transferencial es idéntico a todo enamoramiento y lo particulariza en rasgos como: el ser provocado por la situación analítica misma, está empujado por la resistencia que impera en esta relación, no se da una mirada objetiva de la realidad, el paciente no mide las consecuencias de su acto de amor hacia el analista.

Esta situación presenta al analizante tratando de hacerse amar por el analista, de la misma manera en que el estudiante trata de hacerse amar de su docente. Lo que especifica la diferencia entre “el amor de transferencia” y un amor cualquiera es la relación posible de establecer entre el amor y la asociación libre. Sin embargo el análisis no puede quedar reducido a este lugar imaginario, es necesario tener presente la inscripción del orden simbólico.

Freud señala la importancia de tener presente la regla de abstinencia en consentir el amor del paciente y tener en cuenta la meta del análisis de atender a una reversión pulsional. El amor de transferencia representa un obstáculo, una resistencia en el análisis. El analista ateniéndose a su carácter ético habrá de abstenerse y apartarse de esta demanda de amor, hecha por su paciente.

Los afectos despertados eligen en el análisis al analista como objeto, pero aquí radica la diferencia, se trata de un amor no correspondido. Es un nuevo Ethos el que se propone, el amor de transferencia es disimétrico, esto lo desarrollará Lacan en su Seminario sobre la Transferencia, a partir de su reflexión sobre El banquete de Platón, y que podrá decir que si bien el analista puede contener el Agalma, el objeto que ama el analizante, esto lo coloca en el lugar de un amado, Erómenos, pero es un amado que no se vuelve amante, Erastes. Sino que ama el saber. Es un amado que no ama sino que analiza.

Esta medida de apartamiento podrá dar continuación al proceso de cura. Freud plantea la importancia de que el analista no ceda a las demandas del analizado producidas por el efecto de la transferencia. En su lugar, tratar de que el analizado comprenda lo que sucede como repetición de sucesos anteriores, no como algo proveniente del analista.

El trabajo que realiza Freud acerca de la cura lo lleva a puntualizar como la transferencia permite la aparición de la neurosis artificial, donde todos los síntomas adquieren un nuevo significado transferencial. Es precisamente esta neurosis transferencial y su tratamiento, la que posibilita la curación de la neurosis ordinaria, mediante el análisis de la historia del sujeto.

Freud dice que en el tratamiento se trata de liberar el amor reprimido, hacerlo actual, el psicoanálisis en ese caso es también una cura por amor. Pero no un amor cualquiera, un amor definido como la reunión de sus componentes tiernos y sensuales que son los componentes heterogéneos de la pulsión sexual. Una emergencia del amor en la que el sujeto recae, es una expresión singular recaer en el amor, como se recae en una enfermedad, es la manera literaria, si se quiere, de hablar de la transferencia, en la que se actualiza el amor pasado. Esta renovación del amor, permite que crezcan las mismas pasiones que produjeron el conflicto inicial, eso explica los fenómenos de transferencia, y su intensidad. No obstante la finalidad de este reflorecimiento de las pasiones de antaño, es para que puedan encontrar su lugar, removidos, analizados, liquidados o ahogados.

Otro elemento importante es la transferencia en la Neurosis como una Neurosis de transferencia, donde el analista tiene como imperativo: “restringir en todo lo posible el campo de esta neurosis de transferencia por esforzar el máximo recuerdo y admitir la mínima repetición”.

Si la resistencia en un principio es inconsciente en la cura, también aparece en oposición, no lo consciente y lo inconsciente, sino el Yo coherente y lo reprimido, se resalta aquí la aparición del Yo y lo que Freud llamó núcleo del yo, donde se encuentra lo inconsciente del yo como participe de la resistencia en la cura. La relación entre principio del placer y la resistencia como cualidad del Yo consciente y preconsciente explica en la transferencia el ahorro de displacer que se da en el analizado por la liberación de lo reprimido en la cadena de asociaciones.

Sin embargo el analista debe luchar por la continuación del análisis, oponiendo el principio de realidad, que tiene como función evitar en el sujeto la compulsión a la repetición y producir la exteriorización de lo reprimido, es decir, conduce a una posibilidad de ello ya que no es el punto rector de la función del analista ser representante del principio de realidad.

Freud hace una relación entre transferencia - compulsión a la repetición y principio del placer, aduciendo que la transferencia en la compulsión a la repetición se sitúa mas allá del principio del placer por que en esta compulsión a la repetición aparecen de forma mas originaria los elementos más pulsionales de la vida anímica del sujeto, puesto que este tiende a reproducir situaciones infantiles, las cuales parecían haber sido reprimidas, lo que da cuenta de una ausencia de elaboración de dichos momentos.

Posteriormente realiza un intento de sistematización del concepto de transferencia, en el cual recoge el papel de la sexualidad en la emergencia de los síntomas neuróticos, que se develan a partir de la transferencia y su relación con la transferencia sin que el analista la promueva, destacando su naturaleza tanto positiva como negativa y la influencia de esta en el tratamiento, al igual que el manejo por parte del analista. Plantea, así, la transferencia como fenómeno universal y la forma como se diferencia en su aparición en el análisis en que este proceso se revela y se aisla.

También retoma el problema de la transferencia y su relación con el complejo edípico, mostrando como en la transferencia se encuentran rasgos de dependencia infantil que surgen en este período a partir de la emergencia de la sugestión en una relación de carácter objetal y libidinal, la cual permite de acuerdo a su manejo la superación de resistencias y represiones; convirtiéndose el tratamiento en una posibilidad de reeducar al adulto. El tratamiento se convierte de esta manera en una reeducación del adulto, en una enmienda de la educación del niño. Esta posición es reconsiderada por Freud, como más adelante se verá al abordar el texto, Esquema del Psicoanálisis.

Otro aspecto al cual le dio gran importancia es el de verbalizar los conflictos pulsionales del sujeto, sobre los cuales es imposible para el analista poder influir mediante la técnica analítica, ya que es un imperativo ético del analista no influir en las asociaciones del analizado, esto ocasionaría un fracaso en el proceso que intenta el abordaje y curación del síntoma.

Freud plantea que el abordaje de dichos conflictos pulsionales es posible con un manejo adecuado de la transferencia, que evite la actitud paternalista, prohibitiva o permisiva del lado del analista, éste debe separarse estableciendo una distancia y sosteniendo una continua frustración frente a la emergencia de deseos de carácter libidinal dirigidos en la cura hacia la figura del analista.

En el texto “Esquema del Psicoanálisis” comenta las ventajas y desventajas de la transferencia, destacando el lugar donde se ubica el analista como imago de figuras parentales, otorgando a éste el poder del Super-Yo, en tanto éste es un subrogado de las relaciones que se establecen a partir del Edipo con las figuras parentales. A partir de la instauración transferencial surge por medio del análisis una serie de advertencias que tiene por objeto poner en alerta al analista, frente a la posibilidad de convertirse en modelo, en ideal de otros, pues no es ésta su tarea ni su objetivo.

“Es verdad que cabe aquí la advertencia de no abusar del nuevo influjo. Por tentador que pueda resultarle al analista convertirse en maestro arquetipo e ideal de otros, crear seres humanos a su imagen y semejanza no tiene permitido olvidar que no es ésta su tarea en la relación analítica, e incluso sería infiel a ella si se dejara arrastrar por su inclinación.”

Destaca el papel del Yo en el proceso terapéutico y afirma que: “nuestro camino para fortalecer al yo debilitado, parte de la ampliación de su conocimiento de sí mismo”. Señala que dicho fortalecimiento no se realiza a partir del influjo sugestivo que el analista puede inferir sobre el analizado a partir de una interpretación. Ha de tenerse en cuenta que la interpretación en la asociación libre del paciente tiende a que dicha intervención del analista produzca una apertura del inconsciente que posibilite el manejo de las resistencias y de la compulsión a la repetición, llevando la asociación del paciente hacia conexiones certeras entre su historia personal y la emergencia del síntoma, produciendo con ese saber del analista, una conexión de saber en el paciente que genere una modificación al interior de la relación del sujeto con su síntoma.

“Vencer, las resistencias es la parte de nuestro trabajo que demanda el mayor tiempo y la máxima pena. Pero también es recompensada, pues producen una ventajosa alteración del Yo que se conserva independientemente del resultado de la transferencia y se afirma en la vida”

La Transferencia en Lacan
Si para Freud el nacimiento de la transferencia se da en las primeras relaciones de objeto y el proceso que realiza el sujeto en el atravesamiento del complejo de Edipo, determinando así el lazo de amor que el analizante establece con el analista; desde Lacan, se hace preciso hacer la ubicación de la transferencia a partir del registro de lo imaginario y su inscripción en el proceso de estructuración del sujeto.

Es por la inscripción de los tres registros imaginario, simbólico y real, en el proceso de estructuración del sujeto que es posible hablar del origen del fenómeno transferencial y su manejo en la situación analítica.

Por medio de la introducción del Estadio del Espejo y el constructo realizado sobre lo imaginario, Lacan posibilita una visión diferente sobre la transferencia, pues, si bien éste retoma y trabaja los conceptos Freudianos, lo hace precisando el fenómeno, basado en los tres registros antes mencionados.

El amor de transferencia, descubrimiento que hace Freud en la situación analítica es equiparado al verdadero amor, pero diferenciado de éste por la posición del analista frente a su paciente, posición asimétrica que le permite ser colocado en el lugar de supuesto saber.

En la transferencia se dan dos vertientes: una relacionada al amor-pasión, de la que dice Lacan: “Es así como, desde siempre, la cuestión del amor de transferencia ha estado ligada, demasiado estrechamente, a la elaboración analítica de la noción de amor. No se trata del amor en tanto Eros-presencia universal del poder de vinculación entre los sujetos, subyacente a toda la realidad en la cual el análisis se desplaza, sino del amor-pasión, tal como concretamente lo vive el sujeto”; y otra dirigida al saber inconsciente, ambas, dependiendo de la posición que adopte el analista, podrán llevar a la cura analítica.

En el seminario 1 “Los escritos técnicos de Freud”, Lacan plantea la transferencia como fenómeno imaginario, que sería el “pivote” en la cura.

En esta dimensión el analizante coloca al analista en el lugar de semejante al que dirige una demanda de amor. Dando lugar a decir que el objeto mismo de la transferencia es el objeto de amor. La demanda de amor hace que el objeto coincida con el objeto de la identificación o que haya una satisfacción directa al objeto al cual se dirige (analista).

Este vincula el significante al amor y expresa una demanda pulsional amorosa, lo que de cierta forma es una repetición de relaciones establecidas por el sujeto. Es este, un primer momento de la transferencia en que se da el amor, imaginario por los demás. Este amor produce incapacidad en el sujeto para abrir el inconsciente, dándose así una resistencia a saber de lo que esconde este amor. La intervención del analista apuntará una respuesta a la demanda de amor con su deseo (ser un amado que no ama), presentifica esto, la asimetría de la transferencia y reenvía al sujeto a la falta estructural del amor.

“En la transferencia, es lo afectivo lo que permite colocar a alguien en la posición del sujeto supuesto saber, en tanto amar es suponer un saber. Pero no es lo mismo ocupar la posición del amado que la posición del amante. El primero, busca la satisfacción y quiere que lo amen de forma incondicional, es el demandado que desde una posición pasiva pretende capturar al otro dentro de si en medio de una relación imaginaria; es lo que denomina Lacan el amor-pasión. El amante busca en el amado aquello que le falta y supuestamente el otro tiene, ubicándose en la posición de sujeto deseante”

De acuerdo a la posición asumida por el analista, es decir, el manejo dado a la transferencia es que podrá darse un acceso a la transferencia simbólica, en la cual este deseo del analista va en contravía a la satisfacción directa de la demanda de amor. El analista, no responderá en términos de saber a la demanda, sino de verdad. Esta no respuesta a la demanda, enfrenta al sujeto a una verdad que le es devuelta y que pone límite a sus efectos de significación.

Esto conlleva a que se coloque a ese otro en falta, lo que posibilita que el analista caiga en ese lugar de saber, dándose un desplazamiento de la suposición del saber al ser del sujeto.

Es importante precisar en este punto lo que es la relación al saber, en los sujetos. No hay pulsión de saber, en cambio si hay pasión por desconocer, por no querer saber, en ese sentido también podría hablarse de las resistencias como una forma de no querer saber, en la misma serie de la denegación, la represión, la forclusión o el desmentido.

“En la transferencia simbólica el analísta no responde desde la posición del amado, sino desde el amante, para que el paciente al buscar lo que el otro tiene, encuentre su propia falta y con ella su deseo”

Finalmente el poder destituir ese Otro del lugar de saber lleva a que este sujeto enfrente su propia verdad, su propio goce, introduciendo en esta dinámica de transferencia el objeto “a”, objeto que encarna la persona del analista. El analizante encuentra un poco de sí, de su falta, en la medida en que el analista haga semblante de objeto “a”. Es este encuentro con lo real lo que presentifica su castración, le revela su posición de objeto. Es por efecto de la construcción de ese fantasma fundamental que el sujeto desprende su deseo del objeto que lo causaba (analista), posibilitando una transformación en lo subjetivo.

El caer del objeto “a” corresponde a una destitución del analista permitiendo la resolución del carácter ilusorio de la transferencia. Esto conlleva a que haya un cambio de amor de transferencia a transferencia de trabajo, donde el sujeto habrá de elaborar un saber sobre su propio goce. Este será su descubrimiento.

En el momento en que el sujeto acepta que el saber está en su propio discurso, se da una transferencia de trabajo, haciendo posible la aceptación de que el analista no tiene ese saber; esta suposición de saber pasa al sujeto mismo.

Es decir, hay otra manera de entender lo que es la transferencia de trabajo; y es la que puede entenderse a partir de las siguientes preguntas ¿cual es el devenir de la transferencia? ¿cual es el destino de la transferencia al final del análisis?. Unos han dicho, que sigue la aniquilación de la transferencia; otros, que puede ser una despedida del analista con lágrimas en los ojos, en la que se desean buenos vientos; otros dicen que la transferencia puede convertirse en amistad.

En el Campo Freudiano se ha encontrado otra manera de proceder con esta transferencia de amor residual y es transformarla en transferencia de trabajo.

Es a partir de la relación que existe del amor al saber, que Lacan plantea la instauración del vínculo transferencial de una suposición al Sujeto Supuesto Saber. Esta formulación la plantea en el seminario XI, expresada así: “La transferencia no es la puesta en acto de la ilusión que nos empujaría a esa identificación alienante que constituye toda conformización, aunque sea a un modo ideal, del que el analista, en ningún caso podría ser soporte. La transferencia es la puesta en acto de la realidad del inconsciente”. Es decir que en la verbalización del analizante éste pone en su palabra la verdad del inconsciente dirigida a un lugar y supone la existencia de un saber sobre la verdad de sus determinaciones inconscientes y en el lugar del sujeto supuesto saber el que implica que la realidad del inconsciente emerge en la transferencia.

Es por tanto, el manejo de la transferencia es lo que permite un avance en el proceso terapéutico ya que al colocarse el analista en el lugar de quien no sabe, lleva al analizante a construir un discurso sobre sí, sobre su propio saber.

Sería entonces brindar el aporte del método, que hará que el analizante logre deslizarse en la vía del reconocimiento de que sabe de sí, no se trata de que el analista le dé un saber al sujeto, es sobre la vía del acceso al inconsciente. Por esto dice Lacan: “(el analista) no tiene que guiar hacia una saber, sino hacia las vías de acceso a ese saber”.

La Transferencia Grupal
Si bien se planteó lo que es la transferencia en la clínica psicoanalítica, sigue el teorizar sobre lo que es la transferencia grupal.

La transferencia en lo que es el análisis de los grupos, ha tenido su propia conceptualización, pero el tema todavía no se debatido lo suficiente desde los ambientes virtuales. Una de las razones es la tendencia en el ambiente virtual, a privilegiar la particular relación docente – estudiante, con las herramientas asincrónicas del sistema.
La sincronía del sistema que posibilita herramientas como el chat aún están en cierne en lo que respecta al trabajo grupal.

Tanto en el trabajo grupal como individual se presentan unos mecanismos como el desplazamiento, proyección, inversión en su contrario, negación y otros, que se construyen a partir de la resistencia y se actualizan en la transferencia. Es por ello que la resistencia es abordada como todo lo que obstaculiza el trabajo de acceso al inconsciente en cualquier trabajo terapéutico, también es definido como una manifestación propia del tratamiento porque reemplaza la rememoración por la repetición, presentándose como transgresión de la regla de la asociación libre.

Según Lacan, la resistencia es transferencia, la cual se especifica en el discurso que es dirigido al terapeuta. Es por ello que el manejo de la transferencia se constituye en la más poderosa herramienta del trabajo terapéutico, procurando por medio de la verbalización la emergencia de material reprimido y por ende inconsciente, para lograr su simbolización.

En los grupos, la transferencia cobra similar importancia, es decir, el manejo que de ella realice el terapeuta o el docente posibilitará la circulación y elaboración de significantes que giren en un grupo.

El ideal del yo (analista) donde por instantes se proyectan fantasías, ideales, ilusiones, aluden finalmente al desconocimiento sobre la castración del sujeto, en el reconocimiento de que se está en falta y que va mas allá de lo que es la semejanza, la identidad al otro.

En el grupo esta se vive por que hay existencia de mirada, mirada que los sujetos dan y a la vez reciben de los demás.

De aquí sería posible desprender el hecho de que la presencia o ausencia de mirada en el grupo y en análisis cobren la importancia decisiva para la elaboración, esto dado por la forma como el otro devuelve al sujeto su propio mensaje, acelerando o retardando una respuesta de éste.
En un grupo, la posición ocupada por quien coordina es lo que marca la diferencia entre este fenómeno (grupo) y la masa. Por esto, a partir de varios elementos que presentan dichos fenómenos, puede establecerse en qué radica la diferencia, la cual se postula a partir de la identificación.

En el texto “Psicología de las masas y análisis del Yo” Freud aborda el concepto de la identificación y la importancia de ésta en la estructuración del sujeto, ubicándola como punto fundamental en la constitución de la masa, considerando esta como una subjetivación de un hecho social, el cual es el resultado de una reunión de individuos y establece las condiciones que llevan al sujeto a hacer masa, siendo lo subjetivo la esencia y su principio material. Por ello afirma que masa es lo que el sujeto no puede dejar de hacer, por la condición de serlo, ya que desde el mismo comienzo el Otro está implicado en la vida anímica de él, sea como modelo, objeto, auxiliar o adversario y por ello dentro de la masa, lo individual no existe. Para su explicación se alude a la presencia de un nuevo instinto, el gregario. Este opera desde el comienzo en la familia, lo cual se explica a partir de la teoría psicoanalítica de la identificación donde está la base de la constitución del sujeto y su posibilidad de ser.

Es con respecto a la masa psicológica, como ser provisional compuesto de elementos heterogéneos unidos por un instante, que Freud plantea lo que enlaza a unos con otros. Muestra los dos aspectos importantes en la constitución de la masa: el contagio y la sugestionabilidad.

Respecto a la masa Le Bon plantea cómo a partir del anonimato desaparece el sentimiento de responsabilidad cediendo a los instintos por lo cual en la masa todo interés individual es sacrificado por el interés colectivo y donde el sujeto no tiene conciencia de sus actos. Hace referencia a la masa como lo reprimido inconsciente por que el sujeto se sitúa en un lugar que le permite suprimir las represiones de sus tendencias inconscientes, permitiendo así que los nuevos caracteres que manifiesta sean exteriorizaciones de lo inconsciente individual y explica la pérdida de la responsabilidad por el hecho de ser la angustia social el nódulo de la conciencia moral.

Es aquí donde Freud introduce al líder como fuente de sugestión primitiva, reforzada por el contagio que los individuos ejercen mutuamente. La persona establece una doble relación en la masa: con el líder y con los otros de la masa; siendo el líder, el que posibilita que cada individuo pueda fraternizar con los otros y suspender el encuentro la agresividad, lo cual se da por el amor, que es el único sentimiento que la contiene en las multitudes. Los sujetos hacen masa cuando por efecto de la sugestión se identifican con el líder como semejante, es una relación especular de yo a yo, donde prima el amor hacia el líder, lo que permite inhibir la agresividad con los otros miembros de la masa.

Según Sergio Larriera, quien propuso los conceptos de trenza, cadena y nudo, y quien retoma a Freud en las estructuras de Yo ideal e ideal del Yo que se ponen en juego en la identificación; resalta como el sujeto de la masa se encuentra en un estado de idealización, de máxima enajenación. Hace una diferenciación entre situación grupal y situación de masa, mostrando que en la primera hay una característica singularizada y numerable y en la otra se plantea el otro como innumerable. Se hace necesario precisar que la identificación está en la base de todo fenómeno colectivo pero es en la forma de relacionarse el sujeto con el otro como se define el grupo y la masa.

En el grupo es posible hablar de un fantasma colectivo en tanto los cuerpos desmembrables de cada sujeto son articulables entre sí. Este fantasma tiene una estructura imaginaria cuyo soporte discursivo permite discernir la posición de cada sujeto de los que constituyen el grupo.

Es en el fenómeno de la masa que la identificación cobra dos sentidos: uno dirigido al líder al cual se considera diferente, ideal, modelo, guía. El líder, desde un lugar imaginario, es ese Otro completo, con el cual los otros buscan completarse. Se coloca en el ideal del yo, logrando la identificación que constituye al yo ideal. Por otro lado se da la identificación a los demás miembros de la masa, todos se identifican con todos en su incompletud, buscando completarse en el líder. La identificación de todos a éste da cuenta de la única relación posible del sujeto a los otros de la masa, ya que es el único diferenciable de la misma.

En el grupo la identificación se da entre sus miembros, identificación basada en la semejanza dada su incompletud y en la búsqueda de completud entre ellos, es decir, todos son objeto de completud imaginaria para los otros. Para mostrar la forma como se dan las identificaciones en un grupo se puede recurrir a la figura topológica del Nudo Borromeo presentado por Lacan, quien hace uso de este para ejemplificar la forma como interrelacionan tres sujetos.

Para que se presente el Nudo es necesario un cambio esencial, cambio posibilitado por el terapeuta. Es un movimiento que se realiza de una estructura de cadena a una de nudo, donde la función principal en la cadena recae sobre el eslabón central, lugar que ocuparía el terapeuta. A diferencia del Nudo, concepto unido a la noción de estructura, es decir, donde ninguno de los elementos que lo conforman puede discernirse su importancia, ya que estos no tienen función particular como tales, sino que cobran dicha importancia en función de la estructura.

El nudo reúne tres redondeles, donde ninguno de ellos ocupa una posición privilegiada sobre los demás. No ocurre esto en la cadena, ya que en ella el eslabón central ocupa una posición tan esencial, que de llegar a soltarse, se soltarán los dos restantes.

La particularidad del “calce” que se produce entre eslabones constituyentes del nudo permiten asimilar éstos a los órdenes: imaginario, simbólico y real, dimensiones del espacio habitado por el hablante. Los sujetos de un Nudo están relacionados de forma tal que la posición de cada uno está determinada por la relación a las dos restantes.

Asimilando lo dicho al concepto de grupo, se encuentra que éste puede convertirse en cadena o nudo, de acuerdo a la posición que ocupe el coordinador del grupo. Según la función que ejerza, es decir, según se ubique, en la posición de amo o de potenciador neutral podrá dar cabida al cambio de la estructura. Es su función, lo que guía el destino de ésta.

De esta forma, en el nudo se crea un cuarto lugar, que sería el punto de cruce de los discursos mutuos, punto de “calce”, posición cuarta que los tres definen y ninguno ocupa. Por eso es u punto excéntrico, por que no esta encarnado en ninguno de los participantes en particular.

El grupo viene a ser un momento en que surge un trenzado discursivo, momento en que el coordinador ocupa un lugar privilegiado. Es sólo por la posición ocupada por éste que el grupo puede pasar de cadena a nudo. Si se sitúa en el lugar de amo el grupo seguirá siendo cadena; si ocupa el lugar de aquel que no responde a las demandas de los participantes, el grupo cambia y da lugar al nudo.

En la cadena, los sujetos que la conforman son diferenciables, en el nudo no. Lo mismo ocurre en los fenómenos de masa y grupo, en lo referente a las características que los particulariza: ser numerable, diferenciable, no sugestionable, como ocurre en el grupo, más no en la masa donde estas características se invierten. Otro elemento relevante que diferencia estos fenómenos es la función del coordinador como tal, es así como del lugar que ocupe éste, que el proceso de transformación de masa a grupo puede darse, ya que ha de ser su posición como objeto ”a” real y no imaginario como podrá señalar en los otros la propia falta. Moverse de ese lugar implica continuar alimentando la ilusión de que el podrá completarlos. Es a través de la interpretación, de la palabra que emita, que el coordinador puede dar cuenta de ese semblante de “a”. Esta interpretación dará cuenta del grupo donde todos podrán ser “a” real para todos. Al mostrarse en falta enfrentará a cada uno de los participantes del grupo a la suya propia. Así, su función esta dada por la posición que ocupe, posición encarnada en “a” real, hacer semblante de “a”, y esto se logra por medio de la interpretación.

Para que el coordinador ejerza su función como tal, es preciso que realice un manejo adecuado de la transferencia propia de los grupos; y sus tres niveles.

- transferencia central, establecida con el coordinador o terapeuta.
- Transferencia lateral, dada a partir de la identificación entre los miembros del grupo.
- Transferencia frente al grupo en su totalidad

Con respecto a la transferencia central, la posición del coordinador parece similar a la del analista en una cura individual, sin embargo, por la presencia de los otros objetos transferenciales, las proyecciones efectuadas sobre el coordinador son diferentes. Algo similar se presenta en el análisis individual donde el paciente utiliza al mundo externo como resistencia, pero el es el único que “se defiende” de ese modo contra la situación; en grupo, cada uno recibe el sostén y las contracatexias de los otros que refuerzan su defensa. En ambos trabajos, tanto individual como grupal, los otros cobran importancia y se presentan de manera diferente. En el trabajo individual los otros son evocados en la cura manteniéndose ausentes, imaginarios y cargados con una realidad psíquica que el analista no puede apreciar, contrario a lo vivenciado en el grupo donde los otros se encuentran allí, presentes, reales hablan, responden, reaccionan ante las proyecciones que se efectúan sobre ellos, proyectan y a su vez atacan, se comprometen entre si en alianzas o conflictos “reales” y es aquí donde el terapeuta puede visualizar, parte de realidad psíquica y las proyecciones. Es así como la presencia de los otros dentro del grupo permite movilizar, bajo forma de transferencias laterales, situaciones vividas por los participantes, lo cual facilita las proyecciones y éstas a la vez permiten a cada uno utilizar a los otros en el sentido de sus deseos o defensas, de hablar en su lugar o de hacerlos hablar en lugar de uno.

Dentro del grupo es importante destacar que el sujeto esta en un espacio marcado por la mirada del otro, esta expuesto a las miradas de los demás, esto permite el que se vea reflejado en esa mirada de ese otro y vuelva a sentirse completo, pues los otros pasan a ser objeto “a” imaginarios para el.

De acuerdo a lo que se vive en un trabajo grupal es de destacar que dentro del marco de miradas de los otros se encuentra el sujeto, ve su imagen reflejada en la mirada de estos. De aquí puede desprenderse la afirmación de que la transferencia lateral es tributaria de la mirada. Por este reconocimiento dado por la mirada del otro, el sujeto vuelve a sentirse completo, el otro lo completa en tanto que el coordinador no lo ha hecho. Así los otros se convierten en “objeto fantasioso” del sujeto, evitando con esto asumir su falta, ya que se imagina completo.

Esta transferencia lateral implica una identificación que se da como resultado de compartir un rasgo común: todos son incompletos, esto precisamente es lo que ha hecho que se establezca una demanda de “cura” al coordinador por parte de los miembros del grupo.

De esta manera cada uno de los integrantes del grupo será para los otros, punto de identificación (objeto “a” en tanto imaginario) con la ilusión de completarse mutuamente.

Es por la relación transferencial en que el analizante ubica al coordinador en el Ideal del Yo, que puede darse un proceso terapéutico. Es pues, función del coordinador ubicarse en el lugar de objeto causa de deseo u objeto “a”, que presentifica la falta, la carencia del analizante y no la ubicación en el lugar del amo, de gran Otro omnipotente. A través de la interpretación, el analista logrará que el analizante pase de lo imaginario y trascienda a un nivel simbólico, dándose un corte abrupto en la compulsión a la repetición. Este nivel simbólico en la transferencia podrá darse en la medida en que el coordinador ocupe el lugar de sujeto-supuesto-saber y no de identificación.

Finalmente se trata de que haya una transición de objeto “a” de completud a “a” real, una identificación con el propio ser en falta, donde el coordinador aparece como incompleto, castrado y el otro también.

Opera en todo este engranaje un papel fundamental, la mirada, ya que es a esta mirada del Otro (coordinador) y mirada del otro (miembro del grupo) a quien el sujeto dirige su discurso y por efecto de ella misma se apresure o se retrase en la conclusión: la de ser en falta, ser castrado.

Esta mirada de que se habla, marca gran diferencia en lo concerniente a la transferencia en el dispositivo analítico y el grupo, pues en este se tiene la mirada del coordinador y de los otros, mirada que es devuelta por ellos. Es una mirada que de alguna forma remite a esa primera mirada de confirmación o no que busca el niño en el Estadio del Espejo. En el análisis no; la ausencia de mirada remite a un corte en el goce del sujeto, evita que el sujeto imaginarice y fantasee con la mirada del otro.

En la transferencia central ya no se trata de una identificación al coordinador como tal. Esta transferencia es sobre el Sujeto-supuesto-saber, ya que este para el sujeto es portador y trasmisor de un saber. Será a través de la verbalización del Sujeto y de la interpretación del coordinador que el sujeto accederá a ese saber sobre sí, sin atribuirlo al coordinador, sino a si mismo. Podrá convertirse en el poseedor de su saber. En el grupo se le supone al coordinador un saber que se presenta en la escucha del discurso grupal.

Así como los miembros del grupo promueven la transferencia central y lateral; no puede desconocerse que el grupo promueve la transferencia en su totalidad.

La transferencia grupal surge por las imagos que se proyectan sobre el grupo como tal, teniendo en cuenta que una imago es más que una “representación inconsciente”, “un esquema imaginario adquirido, un clisé estático a través del cual el sujeto apunta al otro” (grupo) que puede “objetivarse tanto en sentimientos y en conductas como en imágenes”, siendo cada miembro del grupo portador de varias imagos inconscientes del grupo. Por ello en el momento de las representaciones, el grupo puede reactivar en los participantes, las imagos familiares reales y también imagos familiares ideales, las cuales se presentan como reales cuando surgen narcisismos defensivos, fantasías conscientes, ensueños o mitos. También pueden surgir imagos extrafamiliares, las cuales hacen referencia a la relación primitiva con la madre o el grupo familiar. También pueden evocar conflictos vividos que se expresan en términos de poder y autoridad, los cuales pueden ser vistos cuando el grupo se ubica en un momento que actualiza lo edípico.

En el grupo todos constituyen espontáneamente el medio familiar e incluso, a través del espacio y del cuerpo reconstituyen los primeros elementos de sus existencias. Esta heterotopía del grupo constituye un lugar total.

En él, son posibles todas las construcciones imaginarias, en toda su extensión y, mas precisamente las que se originen en el Estadio del Espejo, con la deformación específica de cada uno y consecutiva a un desprendimiento mas o menos completo del cuerpo materno. En el grupo se resumen el vientre materno y la casa paterna.

Puede decirse que de acuerdo a la regresión que se da en el grupo, la vida grupal reactiva los mitos idealizantes e imagos que forman parte del patrimonio común de los grupos.

La situación psicoanalítica grupal suscita una “transferencia” sobre el “grupo”, inconsciente para sus miembros y se utiliza como objeto de carga pulsional y fantasmática. El grupo se convierte en el objeto pulsional por excelencia, es todo, homogeniza y uniformiza. Se vive una fantasmática edípica, donde el coordinador aparece como personaje central, dado su carácter de autoridad.

La situación grupal, a menudo despierta representaciones fantasmáticas, provoca regresiones a situaciones pasadas que pueden revertir el doble vínculo de amor-odio presente en la relaciones transferenciales. Esto es vivenciado fundamentalmente a través de los diferentes tipos de identificación que se juegan en los principales fenómenos del grupo.

“Los humanos en la vida del grupo, encuentran a veces, su poder creador y a veces también, comparten una ilusión encantadora o autodestructiva. En este último caso es la pulsión de muerte, escindida, inquebrantable y sorda, la que se proyecta no hacia el exterior, sino sobre el mismo grupo”

En la transferencia grupal se observa que la rivalidad dada en un momento determinado del grupo, se juzga en relación con el coordinador y exige ser aclarada como rivalidad fraterna, cuya finalidad es la de obtener el amor y la preferencia de éste.

En el grupo se da un primer momento denominado individuación, en el que cada miembro se dirige al terapeuta, lo mira y da la espalda a los otros. Es un momento caracterizado por un malestar, agresividad y miedo, que el grupo debe superar para conducirse como tal. En el transcurso de ese primer contacto, cada miembro reconoce al otro, se niega a ser confundido con los otros y desea poseer a los padres-terapeutas exclusivamente para sí. En este momento se observa que los integrantes del grupo desean identificarse con el terapeuta haciéndolo así descender de su lugar, mientras los integrantes del grupo lanzan miradas cómplices al terapeuta que elegido inicialmente como soporte del ideal del yo se convierte en objeto de identificación.

En psicoanálisis se habla de este primer momento como momento de cadena en un lugar imaginario. Los miembros del grupo ubican al coordinador como ideal del yo, como amo, si éste acepta asumir este lugar se pone como objeto “A” de completud para los miembros del grupo.

La regresión del aparato psíquico en la situación de grupo se manifiesta por características que dependen del terreno espacio-temporal. El tiempo sufre igualmente la regresión, no se trata de algo cronológico, su irreversibilidad queda abolida, dando paso, unas veces a la repetición y al eterno retorno, y otras, a la fantasmatización del retorno a los orígenes y de un nuevo comienzo.

La transferencia sobre el terapeuta nunca esta ausente de la cura en la medida en que la palabra es portadora del saber y en que el terapeuta asume dicho saber.


 
   
Google